Trabajo



Trabajo


Me da la sensación de que tenemos grabada en nuestra mente de elefante un patrón que responde a la asociación entre trabajo y salario. El trabajador es acreedor a su salario. Como contraprestación, el empresario se atribuye la propiedad de los frutos del trabajo realizado. Ese es el nucleo de funcionamiento de un motor que, para poner en marcha, se ha de cebar con ánimo de lucro. Simplificando, el capitalismo adopta la óptica del empleador y el marxismo del trabajador, pero ambas son perspectivas del mismo engranaje. Nuestro ordenamiento jurídico instituye el trabajo como un derecho y un deber, recalcando en éste último aspecto un destino no exento de fatalismo que nace de una especie de maldición bíblica. Esto concuerda bien cuando el trabajo constituye la clave de nuestra superviviencia.

Se trata, a mi juicio, de una mentalidad económico-judicialista muy arraigada que ha invadido nuestras consciencias anclada en viejas dialécticas que, desde mi punto de vista, poco tienen que ver con el estado natural de las cosas. El trabajo, así entendido, no sería otra cosa que una carga que hay que sobrellevar de la mejor manera posible, con una marcado cáriz negativo o trágico. Vamos a cambiar la perspectiva, en lugar de mirar la maquinaria o engranaje, centrémonos en la persona. Cuando necesitamos cubrir esas necesidades básicas aplazando otras aspiraciones legítimas, lo que hacemos, no tiene nada de trágico, es un noble sacrificio. El trabajo no debe menguar la libertad sino que es un componente de desarrollo de la persona, no es ni un derecho ni un deber, sino un aspecto esencial de la persona, olvidémonos del salario y pensemos que el trabajo es una manera conveniente de vivir la vida (por lo que tiene de servicio a los demás), siendo ésta lo importante. Es decir, "aquél que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a casi todos los cómos" (F. Nietzsche)


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