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Trabajo


Tengo un bullterrier, bueno, es de mi hija. Es un perro poderoso, de presa. Su compostura es robusta como corresponde a su propia naturaleza, a veces, queda parado como una estatua y su porte es señorial como imponiendo respeto. Al andar yergue la cabezota no sin la rigidez que le imponen sus portentosos músculos y sin embargo, es el perro más manso que haya podido tener. No ataca a los gatos, no se molesta con ninguno, rehuye la pelea, quiere jugar con todos sus congéneres pero, allí donde se le hace caso omiso, él se resigna y escapa hacia otro lado. Si yo fuera la mitad de fuerte de lo que es él haría igual. Es incapaz de hacer daño a otro espécimen de la misma especie. Jugando mordió las patas de otro perro y tuvimos que darle algún punto de sutura como resultado. Con todo, cuando se acerca un perro pequeño se tumba en el suelo en actitud de sumisión y si, el otro perro quiere, juega con él dando unas vueltas prodigiosas y elegantes sobre sí mismo como si fuera una peonza. Es algo innato en la misma naturaleza, no hay rivalidad, no hay conservación de la especie, no hay egoísmo, no hay lucha, no hay codicia, no hay rivalidad. Yo creo que la propia naturaleza le da a entender su propio poderío y, al mismo tiempo, le enseña como debe usarlo, con generosidad, con sumisión, con afabilidad y condescendencia . Su espíritu o soplo vital es puro y limpio, aunque tiene ya tres años, pero se comporta igual que si fuera un cachorro. Cuando sale a la calle, por las mañanas, se retoza en el suelo como solo él puede hacerlo, con una alegría de estar vivo indescriptible. Seguiría hablando del perro de mi hija un largo rato pero, abreviando, solo se me ocurre decir que me tiene muy sorprendido y que, de mayor,me gustaría ser como él.

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