Reflexión



No sé si acertaré a decir algo con sentido pero tengo la necesidad de escribir y, aunque todavía no sé que argumento utilizar, seguro que vuelvo a las andadas. Ahora, tras la siesta, me encuentro bastante sosegado a pesar de tener los nervios rotos desde hace ya casi una veintena de años y aunque pueda parecer ridículo no he sido capaz todavía de averiguar su causa. Es por ello que solo ambiciono quietud aunque a veces salga espoleado por no sé qué demonio como forzado a una lucha titánica.

Es la paz del alma, un tesoro escondido que no se empareja bien con las dificultades de la vida, especialmente la que llevamos en estos tiempos confusos donde todo pende de un hilo poco resistente. Es ilusorio pensar que solo con nuestras fuerzas seremos capaces de afrontar las adversidades y duras pruebas a las que nos vemos sometidos desde edad bien temprana.

En buena medida ese extraordinario don es deudor de la confianza que, como valor cierto e intangible, tiende a ser depositada o entregada a los demás y, sucede que, con frecuencia, nos sentimos defraudados. Surge así la desconfianza, la apropiación de la misma, retenerla para sí en contra de su naturaleza, lo que nos conduce a una suerte de miseria moral que, sin perjuicio de convertirnos en huraños, reducirá nuestra capacidad para ser feliz.

En términos generales la autoconfianza también acabará llevándonos por el camino equivocado alimentada de pensamientos vanidosos que nos distancien a grandes pasos de la realidad.

Pero existe un asidero fuerte si somos capaces de depositar en Dios nuestra confianza, de forma y manera que acabaremos otorgándola casi siempre a los demás, sin escatimarla lo más mínimo, así nunca nos veremos defraudados porque, al fin y al cabo, las cosas que tengan que suceder sucederán de acuerdo con Su plan. Además, siendo así confiados, es decir valientes, nos ponemos siempre en Sus manos liberándonos de preocupaciones porque su yugo es suave y su carga llevadera.


Volver