Carta a Marien



Te estoy profundamente agradecido por todo lo que has hecho por mi en el pasado y la posibilidad que me diste de volver a una cierta normalidad. Con todo he de decirte que salí muy preocupado de la consulta y, precisamente, son esas circunstancias las que me ocasionan un gran quebranto mental. Son situaciones que debo evitar y, si eso llevara aparejada la soledad, la asumo en consecuencia.

Probablemente no supe hacerte consciente de mi situación y difícilmente podrías ser capaz de entenderla, aunque quizás, absurdamente, me empeñe en ello. Lo siento, pero no voy a tomar más pastillas porque ya hace tiempo que decidí vivir sin miedo y acojo la inestabilidad como un don del cielo.

Estimo mi vida y me esfuerzo también por estimar la de los demás aunque lamentablemente lo que nos rodea es una sociedad enloquecida porque, entre todos, hemos sacado todas las cosas de su orden natural.

La irritabilidad, pienso, es una consecuencia del duelo y no creo que sufra ningún trastorno bipolar. El posible rencor ha afectado a la humanidad desde tiempos remotos sin que fuese considerado, en ningún caso, una enfermedad mental. El único delirio que padezco deriva de mi condición de creyente lo que incluye la existencia del demonio.

También creo que existe otra vida y, si no fuera por ella, ya hace tiempo que habría claudicado. Estoy contento, sufro, por un lado, un gran vacío y por otro la esperanza depositada en el futuro por una libertad renovada. Tengo a mis hijos que ya encauzan sus vidas, mi trabajo, fruto de mucho esfuerzo y a costa de mi salud y una situación económica de la que no he disfrutado nunca. Estoy orgulloso de mi andadura pese al vicio de analizar minuciosamente el comportamiento de los demás. Ya sé que ahora me falta el equilibrio necesario, es decir, la sola presencia de Marta, aunque retendré sus consejos y enseñanzas pues suponen una corrección intensa de mis conductas más reprochables. He pasado largos periodos de soledad que han probado mi paciencia hasta extremos que no puedes imaginar y sé que, aunque me quede solo, Dios no abandona.