La pelliza



Voy a tratar de emular a Gogol en su recomendable y célebre relato "el capote" porque, como su protagonista, también yo soy funcionario.

Ha hecho frio estos días y, aunque tengo alguna prenda útil, llevaba una larga temporada pensando que no iba convenientemente abrigado. Así que, de camino a casa, entré en una tienda del centro, sin una idea fija, pero al momento me llamo la atención una pesada pelliza de color verde bien forrada con su cuello blanco de pelo aborregado.

Una dependienta quiso convencerme de que se trataba de una buena elección, incluso me invitó a probármela, pero como uno no siempre esta lo centrado que debiera, le dije que volvería en otro momento porque, era verdad, pasaban las cuatro de la tarde y no había llevado nada al estómago, aunque no sé muy bien que tiene eso que ver.

El caso es que lo demoré hasta el día siguiente y finalmente, tras probarme otras prendas, la adquirí. Tampoco escatimé en el envoltorio una bolsa de tela duradera con finalidades benéficas.

Entonces pensé que lo mas prudente sería guardarla hasta el día de la fiesta de los reyes, total, solo faltan un par de semanas y supuse que bien podía resistir el rigor del invierno con mi vestimenta habitual, una ligero forro de marca sevillana. Incluso sería como más satisfactorio. De este modo quedó arrestada en el armario.

El caso es que, en esas dos semanas, la ola de frio arreció y yo no hacia otra cosa que acordarme de la pelliza cautiva.

Por fin llegaron las vísperas y sucedió que, ya que había aguantado tanto, bien podía quedarme sin ella cediéndola a mi hijo carente de un regalo tan preciado. Sin embargo, cuando estos se abrieron, resultó que no le satisfizo del todo, es decir, no la encontró a su medida a pesar de que, más fornido, le ajustaba como un guante.

Por el momento, así quedaron las cosas. Su intención era cambiarla en la tienda por alguna otra prenda pero, claro, pensé, puede que haya pasado demasiado tiempo y se descubra el enredo. Un amigo me abrió los ojos al sugerir un trato. Al fin, por el doble de su coste, contento con el arreglo, decidí recuperar la pelliza y la estrené un lunes de estos.

Al principio caminaba ufano pero bastante sobrecargado porque las mañanas eran de abrigo recio pero, a mediodía, sube la temperatura y entre llevarla colgada del brazo o puesta me decanté por esto último soslayando esfuerzos musculares, llevándola como es debido, repartida la carga, a lo largo de mi trayecto diario por pleno centro de la ciudad.

Llego el miércoles y, al salir del ayuntamiento, me seguía un grupo de compañeros que parecían muy divertidos con sus cosas. Caminé erguido y dispuesto a tomar un café en un humilde bar poco frecuentado. Acodado en la barra del local, se acerca una mujer que observa:

  • Caballero, ¿se ha dado cuenta de que lleva la etiqueta colgando?.
  • ¿Cómo?
  • Si, le cuelga por detrás de la manga. ¿Se la arranco yo?
  • Si, por favor.

Y con un tirón fuerte quedó desprendida.

Ahora ya sé de que se reían esos mostrencos.


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