Moralismo



Siempre he sido duro conmigo mismo quizás por ese motivo no soporto que lo haga otra persona, en realidad solo Dios puede juzgarnos. Ahí radica la libertad del hombre y de la mujer. Las personas no debemos hacerlo (es indigno) aunque lamentablemente esto no suele ocurrir. Indefectiblemente, cuanto más menesterosos, es cuando surge ese juez implacable de esos muchos que por ahí andan y que solo ven hechos y castigo que aplicar. En lugar de acoger al pecador son indiferentes y severos evitando cualquier acto de comprensión no vaya a ser que se pongan del lado de quien no deben. Es entonces cuando la pena cae sobre las personas como una losa. Pero el mandato es claro:

"Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O también, tú, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios."

Son desconocedores del sufrimiento porque viven en su burbuja aislados del mundo, según su entender, pero debo evitar tomar este camino o caeré en la trampa de la incoherencia. Si me juzgan tampoco debo hacer lo propio pues sería como devolver con la misma moneda, por lo tanto habrá que seguir bajo el menosprecio y padeciendo, claro.

Sufro pensando que, con mis malas acciones, pueda haber utilizado o dañado a otras personas. No sabemos cómo somos hasta que la vida nos pone a prueba. Por su parte, el mal del juez es tenerse por muy ético y afianzado en sus moralismos precisamente, acaso, por todo lo contrario. Siendo benevolentes cabría entender que les guía un propósito de corrección fraterna sin darse cuenta de que quizás esa no sea la vía propicia o tal vez sí.

En estas situaciones el otro juez, el de la conciencia, debe ceder paso a la inteligencia e imaginación para poner de nuestra parte aquellas acciones (hechos) que, aunque pueden parecer insólitos por la rigidez de los convencionalismos (sorprendentes), ayuden a reparar el daño producido por nuestras fechorías con relación a esas concretas personas, tomando la iniciativa y procurando equilibrar la balanza entre el peso de nuestra conciencia y el del daño. Y, si esto no fuera posible por la propia naturaleza de los acontecimientos, siempre podemos, en última instancia o en cualquier caso, rezar fervientemente por todos ellos encomendándolos a Dios.

Sé que, en estos tiempos que corren, es una práctica poco arraigada, pero estoy convencido de que el Señor escuchará nuestra plegaria sincera y dispondrá lo necesario para realizar esa compensación con creces. Por lo tanto, como decía el Padre Pio, “ora, ten fe y no te preocupes”.


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