mansedumbre



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El problema no son las ideas o ideologías. Las ideologías son lo de menos. El problema es la actitud, es decir la beligerancia o la mansedumbre. Es decir, en el año 1936, era difícil que Millán Astray se comportara mansamente y seguramente, a la larga, Unamuno tenía razón. Sin embargo Unamuno fue beligerante que no manso. Aristóteles señalaba que la virtud está en el justo medio pero eso, en este caso, es ser tibio que puede ser más negativo que la beligerancia o la mansedumbre.

Conocía el episodio desde edad temprana, la adolescencia creo, pues fue puesto de relieve por un padre escolapio que cargaba tintas contra los exabruptos de Millán Astray y en concreto contra su "viva la muerte" como aberración máxima. Sin embargo, las situaciones históricas, hay que ponerlas en el contexto apropiado y no extrapolar la cuestión. No muy lejos de allí nuestros compatriotas se mataban unos a otros y no discutían de metafísica precisamente.

Con todo, prefiero comentar acerca de la mansedumbre. Cuando una persona es en alguna medida ejemplarizante, no recibe más que afrentas y menosprecios, como consecuencia, por lo general, de una actitud íntegra y noble, y es cuando, cuerdamente, se torna mansa, esencialmente por dos razones:

  • una de índole puramente lógica porque la persona es consciente de que no puede ir a tropezar siempre con el muro de la imbecilidad mundana.

  • Otra de carácter moral porque a pesar de la comezón interna que tales desafíos suponen, ha aprendido a dominar sus impulsos viscerales no sin soportar el correspondiente dolor. Y esto es lo que cualifica a la mansedumbre y la distingue de la tibieza, creo, porque el tibio adopta una actitud simplemente pasiva, la cuestión le es ajena porque no pone amor y, naturalmente, nunca recibe daño mientras que el manso siempre recibe afrentas y, en un proceso racional contra-natura, las refrena en el justo momento, frecuentemente con humildad, y ese es un arte que pocos dominan.

Y, tengo que poner el énfasis en que concretamente, ahí radica, en buena medida, la singularidad y la bonhomía de la persona, precisamente, por la dificultad que entraña ese arte y, así, lamentablemente, son pocos los verdaderamente mansos de corazón.

"Si mi corazón no está en calma no hablo" (domesticación de la lengua de un célebre santo)


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