La creación



la creación

Pero que ciego,sordo y necio he sido por no descubrir, hasta llegada la cincuentena, las maravillas de la creación. Es cierto que la educación recibida no ayuda. Sus saberes estancos, organizados por disciplinas, su filosofía racionalista no hacen sino dirigir al hombre hacía la infelicidad . Tampoco ayuda nuestro confinamiento en artificiales ciudades hechas de hormigón y energía eléctrica. El hombre es una criatura y viene de serie con su manual de instrucciones. ¿De qué me sirve conocer los más íntimos secretos de la materia si soy incapaz de ver, en la sencillez de la creación, su magnifica belleza?

“Vió que todo era bueno”. Toda la creación es un prodigio de creatividad y fantasía a la medida del hombre, empezando por el suelo en el que ponemos nuestros pies y terminando con el cielo en su infinita inmensidad . De día un espectáculo de cortinas alzadas, azules, grises, violetas morados, amarillos, naranjas. No hay día igual a otro. Todos tienen sus matices por la incesante circulación de las nubes y otras condiciones atmosféricas . Por la noche se levanta el telón.

El paseo despreocupado sobre las arenas de la playa, los pasos amortiguados en el bosque, la roca granítica aliada en la montaña. Toda una riqueza de texturas, composiciones, colores, con la suficiente dureza, con la acertada blandura. Tierras ardientes, tierras abrasadoras, quemadas por el hielo para facilitar nuestros pasos ora vacilantes ora decididos. Toda una tabla periódica de los elementos y de tierras raras.

Y que diremos de las plantas, con sus formas y cromatismos que apelan constantemente a la pura belleza, sin perjuicio de desempeñar procesos indispensables para la vida. Los árboles con sus innumerables formas y distintos portes, con sus caprichosas hojas que, por efecto estacional, mutan sus colores de mil matices y alfombran nuestros pasos. De vez en vez derraman frutos, unos en un tiempo, otros en otro, para no caer en el hastío y los hay amargos y dulces, secos, insípidos y sabrosos, todo regalos para los sentidos.

Y que decir de los animales, vertebrados e invertebrados, los de la tierra firme y los de los mares y hasta las tortugas con sus enigmáticos caparazones cuyos sellos indelebles llevan la impronta del amor del Creador. Insectos de formas paradójicas, insospechadas, múltiples, amorfas, geométricas, provistos de infinidad de articuladas patas, tentáculos, antenas, todos con su función y hasta las transparentes y brillantes larvas y crisálidas evidencian el amor que Dios nos tiene.

Al amanecer, el trino de los pájaros nos estimula, por contra, en las noches de cálido verano, a la luz de las estrellas, los grillos nos deleitan con exclusivas sinfonías que aquietan el alma y preludian el sueño. En el invierno, la luna se refleja en la nieve y todo se tiñe de plata.

La enfermedad y el sufrimiento humano es recompensado con creces porque son el preámbulo del gozo y la felicidad. Aunque la felicidad fuera evanescente, creo que cuanto más se ahonda en el sufrimiento tanto más se afianza el porvenir de la dicha. Estos claroscuros tienen una nítida naturaleza terrenal. conformada por antónimos: frio-calor, noche-día, salud-enfermedad, gozo-sufrimiento, cuyas innumerables gradaciones, en sucesión implacable, conforman nuestro destierro.

También es verdad que la naturaleza se muestra, a veces, despiadada con el hombre, terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, energía desatada que acaba en desastre por la pérdida de vidas humanas. No puedo decir nada salvo que aquí no va a quedarse nadie, aunque los hay que, por su modo de vida, demuestran que piensan lo contrario; que nuestra vida sobre la tierra es efímera, tan efímera como ese volar raudo de las nubes, como el despertar del día y su ocaso, pero abre paso a una vida plena, a la inmortalidad y, por la misericordia de Dios, al paraíso.


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