Intimidad



Esta publicación que seguidamente expongo me causó no pocos problemas porque, lamentablemente, siempre me siento culpable aunque no sepa muy bien porqué. La verdad es que la hice pensando en el comportamiento que conmigo tuvieron allegadas personas y quizás por eso, ante el enfado que produjo, me retracté eliminando la publicación en poco tiempo.

Ahora, más calmado, desde la distancia, creo que puedo publicarlo. Es cierto que cada cual vive su vida a su manera y no hay razón para las críticas pero no puedo por ello dejar de señalar lo erróneo del proceder para el que lo quiera tomar a bien, eliminando, entre líneas, mi propia desazón. Lo escrito fue lo siguiente:

Es frecuente, en la sociedad del conocimiento, encontrarse con cierto tipo de posturas radicales en orden a la predisposición a restringir las publicaciones realizadas en redes sociales con la palmaria argumentación de que su vida es suya y a nadie le importa lo que hace o deja de hacer con ella.

En esta postura, aparentemente muy legítima, subyace una cuestión que guarda relación con las esferas de lo público y de lo privado, particularmente, en una concepción que enlaza con la revolución burguesa, el auge del individualismo y la visión germánica del problema. Simplificando, pienso que, en realidad, no es más que una reacción primaria, instintiva y poco meditada muy ligada a aquello que se ha llamado “mente de cocodrilo”.

También es posible que, en algún momento, con premeditado exhibicionismo, haya levantado cierta curiosidad morbosa entre aquellos que, en lugar de vivir su propia vida, se dedican a contemplar la de los demás tratando de interferir en ellas, incapaces de pensar en hacer algo por sí mismos. Son meros espectadores que ven pasar sus días en una rutina inquebrantable. Con la intención de obtener una falsa seguridad han reducido tanto sus horizontes que son incapaces de ejercitarse en muchos ámbitos, particularmente en el plano afectivo. Es inevitable aquí acordarse de la parábola de los diez talentos.

Así, pretenden ocultar lo propio a la vista de los demás no sea que otras personas caigan en la misma tentación o quizás, al suponer que su comportamiento entra dentro de lo común, de la normalidad, de aquello que todos hacen, como preservándose del ridículo. Pero no hay nada más absurdo que el sentido del ridículo, sobre todo, cuando, objetivamente las previsibles chanzas y burlas no son sino una manifestación de la ausencia de empatía y lo que es aún peor, muy probablemente, de la envidia. Es como negar la ilusión desde el reduccionismo de la existencia con fin de menoscabar la autoconfianza de personas que la mantienen desde niños.

Hoy, es cierto, predomina un excesivo celo por la privacidad o intimidad pero en algunos casos podemos hablar más propiamente de atesoramiento de las propias miserias no siendo infrecuente que, en las redes sociales, en su lugar, se compartan chismes o frases “brillantes” de aquello con lo que se identifican como queriendo demostrar sus propias virtudes o méritos.

Hay, al parecer, toda una industria automatizada en internet para nutrir de contenido esas publicaciones, incluso con frases aleatorias generadas por un algoritmo, que no dejan de ser un manifiesto de adhesión, una pancarta debajo de la cual se colocan, un aborregamiento generalizado, una aberrante reafirmación del yo.

Pero están errados porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz, es decir, nada hay encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto que no haya de saberse. Lo digo para conocimiento de todos aquellos celosos de su intimidad que se dedican a fisgar al vecino en redes sociales y fuera de ellas.


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