Infancia y madurez




Infancia y madurez


Estimo que, en buena medida, el camino hacia la felicidad pasa por un despojarse de buena parte de aquello que hemos aprendido. No me refiero a los conocimientos teóricos o prácticos (que también) pues estos pueden residir tranquilamente en nuestra memoria por un tiempo sin generar mayores complicaciones, siempre y cuando no se adueñen de nuestros pensamientos (obsesión) lo que puede llegar a suceder si uno los pone en el centro de su vida, sino a todos aquellos que nos conformaron desde la infancia y que, probablemente ,quedaron grabados a fuego en nuestro sistema nervioso o inconsciente configurando una personalidad profunda y desconocida. Por así decir, se trata del proceso de conceptuación de todo aquello que nos rodea en base a percepciones emocionales cuya suma indefectiblemente genera un mundo subjetivo ausente de racionalidad en cuanto objetividad generalmente aceptada.

El conocimiento racional es de desarrollo tardío, tanto en su génesis como en su praxis, pues aparece siempre influenciado directamente por nuestro mundo inconsciente.

Con la edad, y como menospreciándolo, intentará imponerse a éste, como si de cosas absurdas y, por ende, despreciables, estuviéramos hablando (siendo que es el núcleo de nuestro yo), equivocación mayúscula  que trae terribles consecuencias en el plano de la felicidad.

Rendimos al raciocinio un culto exacerbado, pensando que ahí radica nuestra existencia (cogito ergo sum) pero esto es una falacia, al menos en parte. Creo que ahí estriba el principio de todo el egoísmo humano: es decir, pensar que la razón es autosuficiente, sin embargo está de hecho sujeta a lo inconsciente que reside en el yo primario.

Pero así como Freud hacía ver como era posible el paso de lo inconsciente a lo consciente, al menos en parte,  me pregunto si es posible el proceso inverso porque  quizá se trate de  vasos comunicantes, de tal manera que lo racional debiera pasar al “olvido” de lo inconsciente y lo emocional debiese ser  transformado por el tamiz de lo racional (retorno de lo reprimido), de tal manera que se pueda conseguir el equilibrio en el término medio (felicidad). De alguna forma hay que nivelar la balanza.  

Y creo, sinceramente, que no es más que un proceso humano que precisa del transcurso del tiempo y que se alcanza con la edad del hombre pues no depende exclusivamente de la inteligencia de cada cual (lo racional)  lo que no implica que siempre se alcance a la misma edad ni que el equilibrio perdure una vez logrado, si bien estimo que hay una mayor tendencia en alcanzarlo a una cierta edad y a que perdure a partir de ahí con mayor facilidad.

 

Se me ocurre pensar en la vida de Alonso Quijano antes de “enloquecer” pasada la cincuentena.

Nada hay reseñable hasta entonces de tal manera que  a Cervantes le basta una disección somera para describir la vida de su personaje.

Sin embargo, ese secársele el cerebro implica tanto un retorno de lo reprimido como una asimilación sensible del conocimiento (olvido de lo racional) lo que desemboca en un ejercicio de libertad absoluta que molesta, especialmente, al bachiller Sansón Carrasco que quiere hacerlo volver a la fuerza.  Actualmente, como entonces, uno de los grandes problemas de España, a mi modo de ver, son precisamente los muchos bachilleres aunque ese será otro tema.