Día imperfecto



Lou Reed entonaba "perfect day" . Sin duda tuvo días aciagos de esos que, sopesados racionalmente, es mejor olvidar pero es que no habría días perfectos sin esos otros muchos, imperfectos. Con todo, la memoria no olvida y aunque uno no siempre los recuerde queda un sustrato profundo, intangible y subrepticio. No son días imperfectos por lo extraordinario, inusual o extravagante, al revés son días ordinarios, como tantos otros, de esos en que no pasa nada excepcional desde una perspectiva superficial. Sin embargo hoy me he levantado con mal cuerpo: hasta las cervezas que he tomado a última hora del día me han sentado mal y verdaderamente, no hay motivo. Todo es favorable una vez hecho el balance correspondiente. Entonces, ¿qué es lo que anda mal? Llevaba algún tiempo sin escribir y, mientras me tomaba esas anodinas cervezas, se me ocurrió que quizás podría escribir estas lineas en confesión sincera. Desde la primera hora de la mañana algo anduvo mal, como digo, seguramente motivado por un inconsciente sazonado de vanidad implícita. Me considero persona humilde pero quizás esa misma humildad exacerba un deseo incontrolable de superioridad, al mismo tiempo que enerva sus manifestaciones. Ustedes comprenderán. Una cosa es admirar la belleza y otra no admirarla. En el tumulto matutino observó apasionadamente formas humanas que se mecen al son del trabajo o de otras circunstancias. Contemplo extasiado la belleza oculta que subyace en la multitud de cuerpos femeninos que, uno tras otro, analizo minuciosamente. Quizá sea la primavera y ese renacer de todas las cosas aunque soy consciente de mi menguada sexualidad y, en el fondo, inapetencia. Aunque procuro dar limosnas, a veces la repulsión se acrecienta. Distingo, seguramente, la persona que vive así de la que así vive. Las primeras me agradan, las segundas me desagradan o al revés. Y esto es un problema metafísico. Acudo a la Iglesia, oigo Misa y, como quiera que voy con frecuencia, me exasperan las ancianas del coro con sus vacuos cánticos y también quien lee en estrado muchas veces convencida de su valía y protagonismo, entonando una plática monótona y severa como de un juez inapelable. Los hombres somos una minoría exigua y cada vez más viejos, las mujeres aunque viejas siempre están jóvenes por su extremada locuacidad. Entre semana, estos ( los jóvenes), se caracterizan por su ausencia con el resultado de que siempre está compuesta de viejas y, claro, si no fuera por ellas no hubiera celebración. A la puerta esperan la limosna quienes han interiorizado esa forma de sustento. Y, si ahora doy gracias a Dios, no hago otra cosa distinta que la del fariseo que se gozaba de no ser como el desgraciado que no levantaba cabeza.

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