Convertíos



Liberarse del pasado incrementa la felicidad. No quiero decir que padecer de amnesia sea el estado al que debemos aspirar pero sí desprenderse de unas ataduras que no hacen sino amarrarnos a una existencia disminuida.

Precisamente, ayer en la misa, oí que Jesucristo empezó su predicación con las palabras “convertíos pues está cerca el reino de los cielos” y, al parecer, ese “convertíos”, implica esencialmente un cambio de mentalidad. En ese sentido,más que un mandato, es una exhortación.

Creo que una de las causas del alejamiento generalizado del cristianismo en nuestra sociedad es una falta de explicación satisfactoria por parte del clero porque en alguna medida ese “convertíos” fue olvidado por un largo periodo prevaleciendo un espíritu de mundanidad (de que habla el Papa Francisco) no alejado de la política y la moral, entiendo. Al fin, también creo que política y moral no constituyen sino un proceloso mar, un laberinto inextricable del que se debe salir mediante la conversión, es decir, cambiando la mentalidad.

Un cambio de mentalidad no supone una súbita iluminación ( aunque pueda producirlo) ni un arrebato místico (aunque también puede producirlo), sino más bien un proceso, un cambio paulatino, una transformación constante en aras de un dejar atrás las ataduras que el pensamiento equivocado ha ido tejiendo en nuestra mente a lo largo de la vida. Ese pensamiento erróneo es un lastre que quizás pueda identificarse con el pecado original y que, si lo dejamos crecer, nos aleja de Dios. El hombre es una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. En virtud de la libertad somos responsables de nuestros actos y acciones y estos, sin un cambio de mentalidad, insisto, nos alejan de Dios.

Jesucristo predicaba al pueblo llano, de viva voz (sin vocear), haciéndose comprensible, con palabras sencillas, usando ejemplos (parábolas), fácilmente asimilables por todos pues no requieren de arduos conocimientos o dilatados estudios pues es, precisamente, la posesión de estos lo que perturba una cabal comprensión y hace el mensaje ininteligible.

“Te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Lc 10, 21-24)

Entonces, ¿en que cosiste esa conversión? Pues, entiendo que precisamente en el abandono de esos lastres, cada cual los suyos, que no son otros que la idolatría: el culto al becerro de oro, al dinero, al trabajo, a la soberbia, a la vanidad, a la mentira, al poder , a la comodidad, al placer, al “yo soy así y no voy a cambiar” etc poniendo a Dios, en el lugar que le corresponde , presente en nuestros acontecimientos diarios, como quien vela por nuestros actos y acciones para que podamos hacer en todo momento su voluntad.


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