El beso



Aunque han pasado muchos años, aquello quedó impreso en mi corazón para siempre. Era yo un mozalbete y estábamos hospedados en pleno centro de Zaragoza muy próximos a la Basílica del Pilar. Todavía éramos novios y Marta me acompañaba siempre. No recuerdo con certeza la finalidad de aquel desplazamiento aunque me temo que no fue otra que concurrir a la realización de uno de aquellos indigestos exámenes a los que me sometía por la necesidad de obtener un trabajo pero eso resultó lo de menos. En cambió si recuerdo, todavía esperanzado, que decidí acercarme a la Basílica en donde permanecí recogido un rato, quizás rezando, al tiempo que contemplaba las expuestas bombas sin explotar. Después, rodeé el altar y, al otro lado, se congregaban unas cuantas personas que devotamente esperaban para besar el Pilar. Me situé tras ellos un tanto inseguro. Poco a poco, agachados, iban, uno tras otro, besándolo hasta que, después de una breve espera, llegaba mí turno.

Lamentablemente siempre he sido muy dubitativo, bastante tímido y hasta timorato y fue, en ese instante, que alguien susurro en mi cabeza lo siguiente “¿vas a besar esa oquedad dónde besa todo el mundo?, cogerás una enfermedad” a lo que mentalmente repliqué sin pensar “ahí apareció la Virgen, no me puede pasar nada malo”.

Entonces me incliné y besé la fría y gastada piedra. Al momento, en cuanto me incorporé, se me llenó la boca de un delicado néctar, ambrosía celestial, sobrenatural deleite, era como un perfume sabroso de inexplicable textura.

Creo que fue una extrema recompensa para un nimio valor como indicándome que ese es el camino del cristiano.

Ahora, con la vejez a las puertas, ignoro si he sabido perseverar aunque siempre he tenido presente esa grandísima lección de Nuestra Madre Celestial.


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