Auténtica revolución

Estoy leyendo a Bertrand Russell en "Por qué no soy cristiano" Y, la verdad, con esa fuerza argumentativa, se hace difícil llevarle la contraria. Desde luego yo no iría a abofetear al primer ministro británico aunque fuese cristiano sincero (“creo que descubrirán que él pensaba que el texto tenía un sentido figurado”) y también es cierto que el principio relativo a no juzgar a los demás no es  muy popular en los tribunales de los paises cristianos.

En lo que no estoy conforme es en su afirmación de que el miedo sea el fundamento de la religión porque para seguir genuinamente los preceptos citados hay que “tenerlos bien puestos”.

También señala que la inmortalidad suprime el terror a la muerte. En este punto considero que lo que suprime la fe es el terror a la vida,  y que debemos relativizar, por tanto, el terror a la muerte, que no deja de ser un terror abstracto (por el momento) y abriendo una existencia susceptible de ser capaz de adoptar las virtudes cristianas.

Opino que Bertrand Rusell lleva su extrema racionalidad  al  exámen de los hechos y de los comportamientos éticos  infiriendo unas conclusiones, a mi modesto modo de ver, equivocadas porque en definitiva era un hombre escéptico si bien,  afirma “la vida buena está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento” esperando que lo acepte la mayor cantidad de gente.

Es verdad que el cristianismo está lastrado por una visión  impregnada de un sentir “judicialista” y  la imagen que se nos ha ofrecido de Dios mismo es la de un ser justiciero con un claro predominio de la noción de castigo. En éste punto tengo que hacer referencia a la poesía de  San Juan de la Cruz.

Y ya que hablamos de justicia, muchas veces, peores aún que los leguleyos, lo son los iletrados pues en su desconocimiento suelen ser fervientes partidarios del “ojo por ojo y diente por diente” y, menos mal que, seguramente por temor, no se toman la justicia por su mano.

Por la dureza del corazón de los hombres, a través de Moisés, nos fueron dados los diez mandamientos. Las leyes se instauran para el bien común. El que se aprovecha de la ley con otros fines (fariseo) desvirtúa su fundamento pues hace suyo el bien que debe pertenecer al común.  Es como una apropiación indebida, es un fraude de ley. No basta decir: “cumplo la ley” pues el precepto no es nada sin su justificación.

Jesús viene a consumar la ley. En otras palabras, viene a cambiar la perspectiva. Nos revela la verdadera naturaleza del Padre, el amor. Por eso todos los preceptos caben en uno solo:

“ Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”

La ley se instaura para que haya un mínimo de justicia a partir del cual puedan los hombres ser felices (sociedad)  pero Jesús va más allá porque, en su inconmensurable amor, quiere que seamos verdaderamente felices, desea que el padre haga morada en cada uno de nosotros (individualidad),  bastando, entonces, un único precepto comprensivo de todos los demás.

El cambio de perspectiva se centra en que todos somos hijos de Dios y como tales amados por igual . Esto no quiere decir que el Padre nos trate a todos por igual sino que, a cada cual, lo trata de la manera más conveniente. Esto lo sabemos todos los que somos padres pues, conociéndolos, no podemos tratar por igual a nuestros hijos (lo que no quiere decir que no los queramos por igual). El problema es que no lo sabemos aceptar porque siempre queremos hacer nuestra voluntad en lugar de la suya (que siempre será la mejor para nuestro bien) . Por consiguiente, ¿porqué hay castigo?. No es verdad, el castigo nos lo inflingimos nosotros mismos en la medida en que nos separamos de nuestro Amado.

Dios no es el Juez Supremo sino el Sumo Amor, pero el amor, por su propia naturaleza (es un vínculo), ha de ser correspondido.  Y ¿cómo se manifiesta? amando al prójimo.

Somos tarros sin llenar. El amor debe colmar la vasija hasta que se desborde.


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