Ángel



Desesperado, por enésima vez hospitalizada conocedores del próximo desenlace, a las puertas del Instituto Valenciano de Oncología, eché la mirada al cielo como esperando que algo sucediera, y sin apenas percibirlo, de improviso, un ciclista cruzó la calle por el paso de peatones dirigiéndose derechamente hacia mí. Me aparté un poco mientras lo veía venir suponiendo que seguiría su marcha por la acera. Sin embargo se produjo una situación extraña, detuvo su bicicleta encarándola hacia mí y no otro, de forma y manera que quedamos enfrentados como haciéndome sabedor que se me dirigía personalmente. Lo primero que pensé es que iba a pedirme dinero, pero su aspecto era el de un joven elegantemente vestido y bien peinado lo que llamo poderosamente mi atención, luego simplemente me saludo muy cortésmente, como si me conociera de toda la vida, y esperó, pese a mi sorpresa y estado general, a que yo le devolviera el saludo. Titubeé y finalmente le contesté con un lacónico hola. Entonces sencillamente asintió con la cabeza, dispuso de nuevo su bicicleta en orden de marcha y continúo pedaleando. Como quiera que la situación me resultó muy extraña lo seguí con la mirada mientras continuaba su trayecto bordeando el redondo del hospital. Se me escapó de la vista y cuando caí en la cuenta de que era la señal del cielo que previamente había pedido salí tras él pero con ágil pedaleo se alejaba. Finalmente, giró por una calle adyacente, a la izquierda y se desvaneció. Era suficiente. Aquello me reconfortó, subí a la habitación enardecido y se lo conté a mi esposa que, como siempre, supo comprenderme. Es cierto, los ángeles están muy próximos pero ocurre que negamos su existencia como convencidos de nuestra gris realidad.


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